La ciencia ficción inquietante

“Me aterran los silencios eternos de esos espacios infinitos”.

Blaise Pascal.

Curiosamente, no soy muy aficionado al género de terror, salvo honrosas excepciones, pero cuando este género se entrelaza con la ciencia ficción suelo encontrar historias que me tienden, al menos las mejores de ellas, a resultar fascinantes. Y eso que la ciencia ficción inquietante, como aquí la llamo, es un subgénero bastante reducido.

Probablemente todo empezó con Mary Shelley y su Frankestein. La historia es archiconocida e incluye ciencia, ficción, humanismo y elementos de terror, combinados en lo que es una de las mejores obras del Romanticismo inglés. Es de hecho, para muchos críticos, la primera obra de ciencia ficción, en el sentido más moderno del término; es decir, es posible encontrar elementos de ciencia ficción en obras muy anteriores, pero Frankestein lo conjuga todo, haciendo que los detalles de ciencia ficción se entrelacen con la historia, sean parte viva de ella, no una mera muleta en la narrativa. Quizá tenía razón Brian W. Aldiss citando como verdadero origen de la ciencia ficción a la novela gótica.

Hay elementos de ciencia ficción en El Golem, de Gustav Meyrink, novela gótica con gran carga emocional, pero quizá el siguiente gran punto de inflexión sean las narraciones de H. P. Lovecraft, en las que unas criaturas absolutamente terroríficas, de motivos y razones incomprensibles para los seres humanos se “filtraron desde las estrellas” (no he encontrado un descripción tan poética del viaje espacial como esta frase). Los seres humanos no son nada en los indescifrables planes de estos horrorosos seres. Lovecraft escribió En las montañas de la locura, la historia de una exploración antártica que encuentra los restos de una civilización alienígena de una antigüedad imposible. Parece que Lovecraft quiso homenajear a Edgar Allan Poe, quien no escribió nunca ciencia ficción pero sí que fue uno de los primeros en el género de lo fantástico y lo inquietante, y En las montañas de la locura puede verse como una continuación de La narración de Arthur Gordon Pym de Poe. Por cierto, que ese libro de Poe tiene un pasaje que recuerdo me impactó muchísimo: hay un momento en el que el protagonista, en mitad de una fiebre altísima y afectado por un estado de auténtico delirio, anuncia que se siente bien y sale a navegar solo (algo que no debe hacerse ni siquiera estando bien de salud). Recuerdo que la vívida descripción y la sensación de peligro en todo momento dejaron huella en el niño que yo era cuando leí esa historia.

También puede encontrarse el tema del horror en el clásico de Jack Campbell, Who goes there?, quizá influido por Lovecraft. Es básicamente la historia que luego ha sido adaptada al cine con el nombre de La Cosa, el enigma de otro mundo: una criatura horrenda y muy agresiva que se cuela en una base de la Antártida. Con Campbell estamos en la época de los pulp, cuando la mezcla de ciencia ficción y horror era frecuente, aunque con calidad discutible en muchos casos. En este sentido, un apartado especial, por calidad e innovación, merecen los cómics de la editorial EC. Aunque los más famosos son los dedicados específicamente al terror, mis favoritos son los de ciencia ficción. Vampiros, hombres lobo y similares son nuestras creaciones, pero lo “otro”, la alteridad que transmite la ciencia ficción más inquietante nos deja suspendidos sobre el abismo de lo desconocido, y en palabras de Lovecraft “el mayor terror es el terror a lo desconocido”. La historia de los cómics de la EC, que he devorado en varias ocasiones, probablemente merezca una o varias entradas. Son obras maestras a través de las cuales se respira el espíritu de la época, los años 50: la Guerra Fría, la bomba H, los primeros “avistamientos” de platillos volantes, el atolón de Eniwetok, la carrera espacial… Al Feldstein y Bill Gaines, junto a otros guionistas y dibujantes de primera división, crearon unas historias de ciencia ficción que generaban una incomodidad en el lector que, de forma magistral, invitaba a la reflexión. Según el editor de Planeta de Agostini, quien publicó estos cómics en España:

cada mañana Bill Gaines llegaba a la oficina de EC y allí se encerraba con Al Feldstein, su editor. Acto seguido se dedicaba a lanzar una tras otra las más diversas ideas que se le pudieran ocurrir, esperando dar con alguna que despertara el interés de su compañero (…) Una historia por día, ese fue el ritmo de producción de EC durante más de cinco años; hiciera sol o lloviera, fuesen las ventas favorables o desastrosas. Suena a ciencia ficción, pero es cien por cien real“.

¡Qué maravilla de párrafo! No se me ocurre un elogio mejor hacia la EC.

En la producción más reciente, la abundancia de títulos permite elegir y encontrar de casi todo. Pero como este artículo tiene un enfoque personal, comentaré solo algunas historias que a mí me han impresionado más, que son pocas, dado que mis intereses suelen ir más por el camino del hard. Quizá un autor que ha cultivado la ciencia ficción inquietante con gran éxito sea Ray Bradbury. Muchos de sus cuentos de la genial Crónicas Marcianas son perturbadores, como la escalofriante La tercera expedición, que recomiendo efusivamente (era, por cierto, uno de los favoritos de Borges). De otra de sus recopilaciones de relatos me puso la piel de gallina La hora cero. No comento nada de estas historias por si alguno de los lectores tiene la oportunidad de disfrutarlas por primera vez. Bradbury tiene muchas historias de miedo, no todas de ciencia ficción. Era un gigante, sin duda.

Del archifamoso George R. R. Martin tenemos Los reyes de la arena, sobre una peculiar carrera armamentística, y de Larry Niven, Luna inconstante, que es más suspense, pero consigue generar una cierta tensión en el lector. De lo más reciente tenemos a Alastair Reynolds, quien con su Beyond the Aquila Rift (adaptada por cierto para la serie de Netflix Love, Death and Robots) crea una historia inquietante, con elementos laberínticos y de cierto terror existencial que mantiene al lector pegado al libro. Esa historia está en una colección de relatos del mismo nombre que tiene algunos otros bastante curiosos. Reynolds trabajó como astrofísico en la ESA, la Agencia Espacial Europea, y trata con cuidado la ciencia en sus libros.

Creo que esto puede valer como una breve recopilación, bastante personal, de las historias de ciencia ficción con elementos de terror o al menos elementos inquietantes. No son muchas. Incluso la venerable Enciclopedia de Ciencia Ficción no cita tantos ejemplos (http://www.sf-encyclopedia.com/entry/horror_in_sf). Alguien podría preguntarse que qué necesidad hay de leer historias de miedo, que generan malestar en el lector. Creo que fueron los antiguos griegos quienes explicaron esto con el concepto de la catarsis: según la Poética de Aristóteles, la catarsis era una “purificación emocional, corporal, mental y espiritual. Mediante la experiencia de la piedad y el temor (eleos y phobos), los espectadores de la tragedia experimentarían la purificación del alma de esas pasiones”. Creo que esto lo expresa todo muy bien (y además, ¿quién soy yo para enmendar la Poética de Aristóteles?). Sentir miedo controlado (detalle importante) tiene efectos catárticos; da nombre a nuestros temores, identificándolos previene que se enquisten y ayuda a liberarlos; el miedo nos recuerda que el universo no es una fantasía romántica, pero también, paradójicamente, remarca lo privilegiados que somos de estar aquí y ahora; el miedo (de nuevo, controlado) nos hace sentir vivos y cuando está en conexión con la ciencia ficción nos invita a expandir nuestros horizontes. Chicho Ibáñez Serrador fue un apologista del género de terror, como muchos de los autores aquí nombrados. Y por supuesto, el miedo puede ser entretenido y aportar disfrute, siempre podremos, en palabras de Jorge Luis Borges, recrearnos en “deleitables terrores”.

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