¿Dónde están?

La paradoja de Fermi nunca ha dejado de estar en primera plana, con intentos de solucion de todo tipo. Por la paradoja de Fermi entendemos la pregunta que se hizo el físico italiano Enrico Fermi: si el universo está lleno de extraterrestres, ¿dónde están? Unos simples cálculos muestran que habría habido tiempo de sobra desde el origen del universo para que una (o mejor dicho, muchas) civilizaciones recorriesen la galaxia de un lado a otro, colonizando o dejando huellas de su presencia.

El tema de la paradoja de Fermi ha dado para muchas disquisiciones, incluso para libros, de los cuales recomiendo Un silencio inquietante, de Paul Davies, Where is everybody?, de Stephen Webb y Solos en el universo, de John Gribbin. Las soluciones propuestas son tantas que probablemente lo mejor es remitir al lector interesado a referencias como las anteriores. Sin embargo, no me puedo resistir a nombrar algunas de las hipótesis. Siguiendo a Stephen Webb, toda solución a la paradoja de Fermi se puede incluir en uno de estos tres grandes grupos:

  1. Existen y están entre nosotros: la solución favorita del mundo de la ufología. Reconozco que me entretienen los programas como Alienígenas Ancestrales y que me atrae ese mundillo, pero no es serio ni riguroso y no le doy ninguna credibilidad. Esta hipótesis ha sido refutada en tantos sitios y de tantas formas que no la comentaré más aquí.
  2. Existen pero no hemos interaccionado con ellos: esta propuesta sí es interesante. Engloba multitud de posibilidades: quizá los alienígenas son tan avanzados que no somos capaces de percibirlos; quizá no quieren interaccionar con la Tierra hasta que hayamos alcanzado un nivel superior (algo así como la Primera Directiva en Star Trek); quizá se comunican pero con tecnologías que no podemos concebir o no estamos buscando adecuadamente (el programa SETI busca muchísimas frecuencias utilizando pautas lógicas y lugares “especiales”, como las frecuencias del hidrógeno y el agua, pero aún así, el espectro de frecuencias es muy grande…).
  3. No existen: la solución que más adeptos está ganando últimamente. Comento brevemente algunas de las hipótesis de esta solución.

La tercera propuesta (no existen), es defendida por muchos hoy por hoy. El libro de John Gribbin Solos en el universo, defiende muy bien esta hipótesis, y reconozco que me ha hecho pensar bastante. Según Gribbin, la mera ubicación del Sol en la galaxia ya es afortunada: de las cuatro diferentes poblaciones estelares, si descartamos estrellas con muy baja metalicidad (relación Fe vs H) que imposibilita la creación de planetas rocosos, y estrellas cercanas a la extremadamente activa región central, barrida por destellos de radiación muy energética, nos quedamos con apenas un 10% de las estrellas de la galaxia, situadas en un fino disco alrededor del centro galáctico. De este 10% habría que descartar las enanas rojas, que son el 75% de las estrellas de la galaxia. Estas estrellas tienen una zona de habitabilidad (lugar en el que puede haber agua líquida en la superficie de un planeta) muy estrecha, tienen acoplamiento de marea (muestran siempre la misma cara a la estrella) y, aún peor, las enanas rojas sufren episodios de radiación intensa y eyección de material que abrasaría la vida de un planeta. Eso dejaría apenas el 2.5% de las estrellas de la galaxia disponibles para la vida, que siguen siendo bastantes… Pero Gribbin sigue argumentando que la mayoría de sistemas estelares son dobles, con las perturaciones orbitales que ello suele acarrear para los planetas, que la Tierra es especial porque la colisión que formó la Luna le creó un campo magnético idóneo que la defiende de las radiaciones, permitió la tectónica de placas y creó la propia Luna, que es un estabilizador para la Tierra. Y todo esto sin necesidad de entrar a valorar argumentos de tipo biológico, como la probabilidad de la transición procariota-eucariota, la existencia de “Grandes Filtros” para la vida. En conjunto, una serie de argumentos que si bien no son del todo nuevos, presentados de forma conjunta parece que hacen difíciles que se repitan las condiciones que crearon la Tierra.

Y sin embargo, no puedo evitar preguntarme si no estamos siendo muy antropocéntricos. ¿No subestimamos quizá las capacidades de la vida, su flexibilidad y adaptabilidad? En su artículo para The Guardian, el físico Jim Al-Khalili diferencia claramente entre cómo los físicos y los biólogos se enfrentan a la pregunta de la vida extraterrestre. Los físicos hacen cálculos aproximativos, proponen multitud de ideas y aventuran conclusiones de las más variadas. Los biólogos, en cambio, van despacio, son mucho más conservadores y no aventuran apenas conclusiones; saben que la vida en el universo es hasta ahora una estadística de uno (la Tierra) y eso no tiene mucho valor. Encuentro fascinantes estos enfoques y creo que enriquecen el problema. (Por cierto, otro artículo que ahonda en la posibilidad de estar solos en el universo y que incluso lo ve como algo positivo es este de Nick Bostrom).

Que la vida posee una admirable resistencia y adaptabilidad se puede ver en los extremófilos, uno de los grandes descubrimientos de las últimas décadas. Son organismos capaces de vivir en lugares antes considerados imposibles para el progreso de la vida (altas dosis de radiación, alta salinidad, o temperaturas y presiones extremas) ha sido uno de los grandes descubrimientos en biología de las últimas décadas. Mi ejemplo favorito es el tardígrado: un curioso animal capaz de resistir casi todo, incluso viajar al espacio. Es posible que la vida sea capaz de generar organismos extremófilos no solo a nivel microscópico sino también macroscópico. No conozco al menos ninguna ley física o química que lo prohiba.

Para abrirnos la mente a formas de vida exóticas tenemos también la ayuda de la ciencia ficción: Greg Egan, por ejemplo, imagina formas de vida en entornos que apenas podemos concebir, como por ejemplo en universos con propiedades matemáticas distintas a la nuestra (Dichronauts, trilogía Orthogonal). Y aunque no he leído nada suyo, creo que Peter Watts también es famoso por imaginar formas de vida especialmente exóticas, que desafían nuestras convenciones previas de lo que debe ser la vida.

Algunos científicos del SETI confían en tener noticias relevantes en las próximas décadas, ojalá sea cierto. Mientras tanto, está claro que lo único que tenemos es nuestra mente para especular con base científica. Aunque ello no es poco. Como dijo Shakespeare por boca de Hamlet: “podría estar yo confinado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito”.

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